Desde ese barco, que era un verdadero timo por estar destartalado y viejo y por habernos costado una fortuna, hacía de timonel ya que la conducción de todo tipo de transportes se me daba fenomenal.

Iba mirando por la ventana cuando divisé una pequeña isla, subí a cubierta para verlo mejor. Tenía un volcán en el centro de la isla y estaba rodeado de árboles.

Allí en la cubierta sentía la dulce brisa que me acariciaba la cara. Cogí mi catalejo del camarote y observé como del volván salía humo que no dejaba ver el sol. A continuación un fuerte viento me empujó hacia atrás mientras hacía grandes esfuerzos por volver al timón. Al llegar allí, vi como salían llamas del volcán y la lava hacía un canal que destrozaba todo con lo que se topaba a su paso. Mientras, ese vientecillo se había transformado en un inmenso huracán que se dirigía hacia mi haciendo chocar las olas en mi pobre velero.

No había escapatoria.

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